El
dolor no se cansa
El
purgatorio es donde pena el alma de los muertos. Pero hay otro: vivir después
de sufrir una violencia grave que te haya “acercado” a la muerte. En realidad
no es que hayas estado cerca de la muerte, estuviste muerto. Mueres en el instante
en que comienza el hecho, aunque salves la vida.
En
mi caso, sufrí un secuestro. En el baldío arrasado en sangre que es este país,
el mío fue un secuestro light, soft, cool,
por decir. Pero sé que estuve muerto, y vivo con eso. Soy afortunado. Sólo
fueron unas horas, y no es que se hayan hecho eternas, como se suele decir en
circunstancias duras, sino que el tiempo es otro o se traslada hacia afuera de
uno y lo que sucede es una abstracción absoluta, un vacío animado en el que ya
nada existe.
Viajar
en aquel auto con aquellos hombres que ya han tomado tu vida fue entrar a un
estado límbico, una iluminación brutal, un pensamiento circular que se piensa a
sí mismo a cada instante, inagotable. Por eso supe que estaba muerto al momento
en que me abordaron y golpearon. No vi más, no supe. Un alguien, ya ajeno,
virtual, respondía, negaba, afirmaba, firmaba cheques; otro asesoraba a sus
captores para actuar en caso de ser detenidos por la policía; otro o quizá el
mismo, se reía de la broma macabra que un muerto les hacía riendo…
Hablé
de fortuna, pero no fue tal diosa la que me permite contar esto. En el instante
fue el espanto, pero de inmediato lo supe, había muerto y por eso estoy aquí. Y
ahora sé que no tuve miedo, sólo era un vacío actuante.
El
miedo vino después, la parálisis del terror, la mudez del espasmo; el abrazo
ardiente, doloroso, atroz, de estar vivo…
Y
el purgatorio que destila esa muerte que va conmigo y que a veces se me hace
presente en la insignificancia de una sombra, en el chasquido de luz de un
cardenal entre los árboles, en un acorde musical, una frase, un rostro…y brota
como llanto, pequeño, a veces suave, otras un poco más franco. Y es que tuve
una muerte suave, digamos. Pero el dolor no se cansa.
Por
eso no puedo imaginar el horror de quienes sufren secuestro y tortura, sólo
intuirlo sutilmente. Morir una y otra vez para renacer de nuevo al espanto, al
dolor absoluto, cada vez. Y sobrevivir con esas muertes que permanecerán ahí,
siempre, apareciendo en cualquier momento, a cualquier hora, como un suspiro
del alma rota, fragmentada, dolida.
Y
el dolor no se cansa. Es una fuerza poderosa que lo mismo te sume en la
tristeza y la desesperanza que te impulsa a recuperar una vida que fue tuya,
pero requieres valor, coraje, templanza. Y eso nos enseñan los jóvenes de
Ayotzinapa y sus familias, lo mismo que las miles y miles de madres, padres,
hermanas, hermanos, novias, amigos, compañeros de aula o de trabajo que siguen
buscando una vida que ha sido suya, que es suya. Pero sobre todo están las
madres y los padres. Cuando tienes hijos, sabes que no son parte de tu vida;
son tu vida.
Constatar
la muerte de un hijo tiene la brutalidad de la certeza, de que tú también has
muerto; es un final. Pero la desaparición es el mayor horror, es vivir una
muerte sin pausa, un dolor infinito, incesante, que no se cansa ni se cansará
nunca mientras dure la ausencia ni aún después.
Por
eso, señor Presidente de la República, no se trata de superar el dolor, es
imposible: el dolor no se cansa. Mejor deje de mentir y atrévase a escuchar,
cuando menos.
Por eso, señores altos mandos militares, no insulten el sufrimiento de quienes
a pesar del dolor no se cansan de luchar por recuperar a sus hijos y sus vidas
rotas.
Por
eso, señor presidente de Concanaco, no se trata de pasar la hoja. No hablamos
de su agenda del día y, mucho menos, de las ganancias de mañana. Hable cuando
tenga el valor de denunciar a los empresarios coludidos con la delincuencia
organizada, tan presente en todos los sectores.
Y
tampoco, señor Aurelio Nuño, pedimos sangre ni espectáculo. Es claro que no
sólo no entendieron la situación hace dos años: siguen sin entender
absolutamente nada. La sangre y el espectáculo los ha dado el gobierno. No sea
cínico, por favor. Lo felicito por su reciente matrimonio. Probablemente tenga
hijos; le deseo lo mejor. Sólo espero que cuando los tenga, ante el espejo de
sus ojos infantes, pueda darse cuenta de lo infame de sus palabras.
Por supuesto que los queremos vivos. Nadie quiere a sus hijos muertos y menos la muerte en vida de sus desaparecidos. Los queremos vivos junto con las miles y miles de personas que esperan ser encontradas y con las otras miles y miles más que esperan encontrarlas y encontrarse consigo de nuevo; es decir, recuperar una vida, aunque sea un purgatorio.
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