Alberto Schneider
jueves, 11 de junio de 2015
martes, 9 de junio de 2015
Resumen y comentario al artículo “Mamíferos mexicanos en
peligro de extinción”, de los profesores
Miguel Ángel Armella Villalpando y Ma. de Lourdes Yáñez López, de la UAM-Iztapalapa,
publicado en la Revista Digital
Universitaria, vol. 12, n. 1, 2011.
Introducción
A partir de la Norma Oficial Mexicana 059 de la Secretaría de
Medio Ambiente, Recursos Naturales (SEMARNAT), que establece los parámetros
para considerar a una especie dentro de las diferentes categorías de riesgo, el
artículo plantea que al menos la mitad de las especies mexicanas de mamíferos
puede considerarse en peligro de extinción, amenazada o al menos con problemas
de conservación. La principal causa de esta situación es la gran devastación de
sus hábitats.
A pesar de que algo se ha avanzado en la protección de varias
de estas especies, por contar con leyes más estrictas y por convenios
internacionales, aún falta mucho para regular las actividades de conservación y
protección ambiental. Los autores proponen la educación ambiental, la
generación de opciones productivas, como el ecoturismo, y los aprovechamientos
sostenibles como condiciones indispensables para contener y evitar la pérdida
de estas especies, algunas de ellas únicas en el mundo.
El artículo se refiere a los grandes mamíferos marinos y a
los carnívoros terrestres, principalmente a los que son depredadores o que
subsisten en la cúspide de la cadena alimenticia.
Mamíferos
marinos
En nuestro país están presentes prácticamente todas las familias
de cetáceos y todas están bajo protección especial. Un caso especial son los
delfines y las marsopas, como la vaquita marina, frecuentemente atrapados en
redes de pescadores en las que perecen por asfixia. Las causas de riesgo más
comunes tienen que ver la transformación de playas en destinos turísticos, la
pesca indiscriminada y la contaminación. El hecho de que estas especies tengan
bajas tasas reproductivas es un factor importante en su situación de riesgo.
Carnívoros
terrestres
En México tenemos varios representantes de los carnívoros, divididos
en dos grupos: los pequeños carnívoros y los megacarnívoros. De los primeros están
los zorrillos, las comadrejas, los cacomixtles, entre otros, que se encuentran
en peligro de extinción, principalmente por la destrucción de su hábitat y la
caza directa. Una ventaja relativa para ellos es que tienen tasas de
reproducción altas, por lo que pueden sobrevivir incluso en zonas con fuerte
presión humana o en pequeñas áreas naturales protegidas.
Respecto de los carnívoros grandes, los autores mencionan que
los factores importantes para que en la actualidad estas especies estén en peligro
de extinción son los conflictos con el ser humano, que se incrementan por la
destrucción de sus hábitats y la caza de sus presas tradicionales.
De los seis felinos silvestres que habitan el territorio
nacional, el más conocido es el Jaguar (Panthera
onca), que se distribuía en las zonas tropicales de México, principalmente
en Chiapas, Quintana Roo y Tabasco. Actualmente, también se le ha localizado en
estados del norte como Sinaloa, mientras que en el Golfo se han reportado
jaguares casi hasta la frontera con Estados Unidos y es posible que entren en
ese país. No se conoce la situación real de su estado de conservación, entre
otras causas porque, como todos los felinos americanos, es solitario y tiene
hábitos nocturnos, además de ser sigiloso por naturaleza.
El Puma (Felis concolor),
habitante originario de los bosques del norte del país, ha migrado hasta el sur
del continente debido a la falta de hábitats adecuados. Su situación es quizá
más desconocida que la del Jaguar. Es la única especie de felino que no aparece
en la norma oficial bajo ninguna condición de riesgo.
De los pequeños félidos, el Jaguarundi (Herpailurus jaguarundi) se encuentra en mayor peligro de extinción
y está reconocida como amenazada. Los dos pequeños gatos manchados: el Magray (Leopardos weddii) y el Ocelote (Leopardus pardalis), están en la
característica de en peligro.
El Lince o Gato Montés (Lynx
rufus) no aparece en la lista de la NOM a pesar de que puede desaparecer
debido a la disminución de su hábitat natural y la presencia de gatos
domésticos con los que esta especie puede entrecruzarse.
Osos
Otro grupo importante de grandes carnívoros es el de los osos,
de los cuales existieron en México dos especies, el Grisli (Ursus arctos) y el Oso Negro (Ursus americanus). El primero aparece en
la NOM-059 con el estatus de extirpado del medio natural y no se conoce su
presencia desde los años sesenta del Siglo XX, debido principalmente a la
cacería indiscriminada, aunada a su bajo potencial reproductivo.
La especie que se mantiene en México es el Oso Negro. En la NOM
esta especie figura como en peligro, y en la modificación que se hizo en el
2008 se reconoce a la población que habita en la Sierra del Burro, en Coahuila,
como de protección especial. Aunque no se considera que esté en grave peligro a
nivel mundial, sí está incluida en los programas de protección especial del
convenio Canada-Estados Unidos-México para su protección. Además, recientemente
varios indicios permiten suponer que esta especie puede estar presentando un
regreso importante en la sierra mencionada.
La familia de los cánidos es la tercera de los grandes
depredadores. El Coyote (Canis latrans)
y la Zorra Gris (Urocyon cineroargentatus)
no están considerados en peligro por la Norma, ya que son especies muy
adaptables y esquivas, con altos potenciales reproductivos y omnívoros, por lo
que pueden comer prácticamente lo que sea.
Dos especies sí aparecen en la Norma: la Zorra del Desierto (Vulpes velox), de la cual se reportan 6
subespecies, todas bajo el criterio de amenazadas, debido a su distribución
reducida, tamaño pequeño y hábitat específico. Por su parte, el Lobo Mexicano (Canis lupus baileyi), subespecie
prácticamente exclusiva de México, está considerado por la NOM como extirpado
del medio natural. Como ninguna otra especie de mamífero, fue perseguido,
cazado, envenenado y exterminado, principalmente por la depredación que causaba
en el ganado, además de que se le atribuía ser causante de diseminar la rabia
entre los perros domésticos.
Actualmente la SEMARNAT la tiene como una de las especies
prioritarias para la conservación y cuenta con un plan piloto para su
recuperación, que es una historia ejemplar de recuperación. Con el objetivo de
reestablecer al menos una población de esta especie en su área original de
distribución, a partir de cinco lobos capturados, más unos cuantos más que se
encontraban en un rancho texano y algunos albergados en el zoológico de San Juan
de Aragón, ahora se cuenta con más de 300 ejemplares en zoológicos de México y Estados
Unidos.
Conclusiones
En general, debido a lo complicada que es la conservación de
los mamíferos, el incremento en la población humana y la destrucción intensiva
de las zonas naturales, en gran medida por problemas de corrupción y la falta
de compromiso con la naturaleza, se reducen cada vez más los hábitats en que
viven los mamíferos silvestres grandes y pequeños. Si bien ha habido algunos cambios
de actitud entre autoridades y se cuenta con leyes e instrumentos jurídicos
cada vez más estrictos, que permiten albergar la esperanza de que muchas de las
especies podrán sobrevivir, solamente a través de la educación ambiental; la
generación de opciones productivas como el ecoturismo, y los aprovechamientos
sostenibles, se encontrarán estos sitios de manera más sencilla. Además de ser importantes
en la ecología de los ecosistemas que habitan, los mamíferos también son un
importante atractivo para fomentar actividades de interés ambiental, basadas en
la observación, la escucha y la interacción con ellos.
Comentario y reflexión
Escribo sobre este tema porque ha sido una preocupación personal desde hace tiempo, ya que representa uno de los problemas más importantes del país. La biodiversidad es una riqueza que se pierde rápidamente.
Los autores apuntan algunos de los problemas a los que se
enfrenta la conservación y protección de la biodiversidad de nuestro país,
considerado uno de los más diversos del mundo. Si bien es cierto que la caza de
animales por parte de la población que habita cerca o en sus hábitats
naturales, es un factor de amenaza, se menciona muy de pasada la corrupción y
la falta de compromiso de autoridades.
Sin embargo, considero que estos últimos son factores de gran
peso en la problemática que enfrenta la conservación y la protección de
especies en nuestro país.
Por ejemplo, el Programa Nacional de Seguridad Pública únicamente
cuenta con una sola línea de acción vinculada a esta problemática (Estrategia
3.1 Coordinar acciones entre instituciones de seguridad pública y autoridades administrativas
facultadas para sancionar ilícitos relacionados con la "Economía
Ilegal". Línea de acción: 3.1.6 Atender coordinadamente los delitos
ambientales de mayor impacto a los recursos naturales, los ecosistemas y la
biodiversidad.)
Tomando en cuenta que los delitos ambientales son de orden
federal y que le corresponde a la Policía Federal su combate, el que sólo haya
una línea de acción y que esté relacionada únicamente como un problema de “economía
ilegal” ilustra la poca importancia que el gobierno federal concede a la
necesidad de atacar de raíz el problema. Si asumimos que México está considerado
como uno de los países con mayor tráfico ilegal de especies en el mundo, lo que
implica delincuencia organizada transnacional, y el que no se mencionen
siquiera los compromisos internacionales adquiridos por nuestro país en materia
de normatividad, intercambio de información y combate a los delitos
relacionados con la biodiversidad, refleja el valor que se le otorga a este
tema. Tampoco se establecen líneas de trabajo específicas con
Semarnat ni con Conabio (Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la
Biodiversidad).
El primer informe de gobierno tampoco apunta ningún resultado
en esta materia en ninguno de los capítulos en que aparece el tema ecológico, centralmente
el Capítulo 4. “México Próspero”, en el que se plantea el desarrollo
sustentable, ni siquiera en el apartado 4.4, “Impulsar y orientar un crecimiento
verde incluyente y facilitador que preserve nuestro patrimonio natural al mismo
tiempo que genere riqueza, competitividad y empleo”. En el segundo informe de
gobierno el tema prácticamente desaparece.
Referencias
“Mamíferos Mexicanos en Peligro de Extinción.” http://www.revista.unam.mx/vol.12/num1/art03/index.html
Programa Nacional de Seguridad Pública 2014-2018, consultado
en http://dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5343081&fecha=30/04/2014.
Primer informe de Gobierno. Consultado en http://www.presidencia.gob.mx/primerinforme/
Segundo Informe de Gobierno. Consultado en: http://www.presidencia.gob.mx/segundoinforme/
Imágenes tomadas de : http://www.mosaiconatura.net/FaunaSilv.html
lunes, 1 de junio de 2015
Arias de ópera
https://soundcloud.com/deutschegrammophon/elina-garanca-romantique-tchaikovsky-joanofarc?in=do_za/sets/hczdccnto1m2
domingo, 31 de mayo de 2015
Aprendizaje autónomo
La siguiente entrada es un comentario general al ensayo titulado : “Aprendizaje
autónomo: eje articulador de la educación virtual”, de: Esp. Jorge Hernán
Sierra Pérez. Docente de Comunicación Social, Fundación Universitaria Católica del Norte.
El texto, más que ensayo es una especie de discurso de funcionario académico. La referencia explícita al ICFES de Colombia refuerza este punto; supone un auditorio –más que un lector- contextualizado en el medio educativo de aquel país.
El texto, más que ensayo es una especie de discurso de funcionario académico. La referencia explícita al ICFES de Colombia refuerza este punto; supone un auditorio –más que un lector- contextualizado en el medio educativo de aquel país.
El texto comienza con una apelación
al “sentir” con frases que suenan bien como la del “ser humano como vida
pensante”, pero no aportan al tema más que de modo lateral, en la posibilidad
de “humanizar” los medios virtuales, entendido el humanizar como hacerlo
amable, cálido. Queda sólo como un llamado a la buena voluntad de quienes
intervienen en la educación virtual. No deja de ser curioso que el planteamiento
inicial esté fundado en el tomismo católico del S XII-XIII.
Como texto académico es muy pobre.
Realiza una sola cita y no es la fuente original. Menciona “otro estudio”, de
la misma fuente, sin mayor referencia y sobre estas referencias apunta las
competencias necesarias de los profesionistas de hoy, ninguna de las cuales son
inherentes o exclusivas de la EV, ni ésta garantiza por sí el obtenerlas.
Me parece evidente que el interés
del autor es el tema de las competencias, más que en aprendizaje autónomo (AA)
y que los elementos que aporta sobre éste se diluyen en un confuso entremezclar
de conceptos. Establece valores negativos en materia educativa e implícitamente
los vincula con la EP -i.e. dependencia del tutor o maestro, memorización,
repetición de conceptos-, que si bien se dan en este modelo, tampoco son
inherentes a él.
Considero que la importancia de la
EV es indiscutible y su papel en la sociedad cada vez más central, sin embargo,
es necesario situarlo en su debida ubicación en el contexto educativo general,
clarificar sus alcances y potencialidades, pero no desde la idealización de un
recurso y un medio particular. Por ejemplo: al hablar de los beneficios para
los estudiantes de EV, menciona: “inmediatez en la consecución de información y
flexibilidad en cuanto a manejo de tiempos y espacios porque no están atados a
horarios ni a desplazamientos físicos, pues la red permite una interacción en
tiempo real (síncrona) y en diferido (asíncrona); además del acceso al campus
virtual desde cualquier lugar que tenga conexión a internet. Aquí hay dos
puntos: a) acceso a información y b) flexibilidad de tiempo y horarios. Sin
duda, son elementos que abren posibilidades a muchas personas, pero por sí
solos, o planteados dentro de un conjunto general y diverso, no dejan de ser
peticiones de principio. La inmediatez del acceso a la información no es un
beneficio en sí mismo y puede ser o es, incluso, más perjudicial que benéfico.
Por la red circulan cantidades exorbitantes de información chatarra revestida
de discurso científico y otro tanto de “refritos” y referencias “pirata” que engañan
a millones de personas. Es justamente la inmediatez el mayor riesgo de dar por
bueno algo sin fundamento. Incluso la ciencia, en los mayores niveles, está
llena de ejemplos de plagios, trucos, datos falseados, etc. La EV se enfrenta
así a un verdadero reto educativo que en este texto ni se atisba siquiera; al
contrario, se da como un punto a favor sin discusión.
El otro tema, el de la flexibilidad.
Si bien es cierto que ofrece ventajas enormes con respecto a la EP, también es
cierto que tiene implicaciones y supone una serie de consideraciones previas
que tampoco se apuntan siquiera. La flexibilidad de tiempos y horarios requiere
ejercitarse en ciertas dinámicas o contar con ellas de antemano, por ejemplo,
disciplina personal. En general, la EV exige más tiempo y dedicación del que
normalmente se estima. Sobre todo si realmente emprende uno como estudiante la
tarea de autoformarse. Un buen ejemplo es este texto. Uno puede limitarse a
leerlo, comentarlo, hacer el mapa y compartirlo con los demás en la forma
estipulada; puede, además acudir a las referencias, leerlas, compararlas y
hacer sus respectivos mapas; puede también buscar la referencia mencionada en el
texto –el estudio europeo– y revisarlo; comparar sus datos con los que apunta
el autor y verificar que efectivamente corresponden a lo afirmado por éste o
no, etc. Cada uno de esos pasos requiere una cantidad de tiempo que no puede
ser prevista al apuntar tiempos aproximados para llevar a cabo una tarea. Sólo
si en cada caso, en cada texto hiciéramos lo que he apuntado, estaríamos
andando en la ruta del aprendizaje autónomo y del pensamiento superior.
¿Podemos hacerlo sólo porque contamos con conexión a internet; o porque
tengamos mucha voluntad y ganas? Creo que no. El texto en cuestión me parece
planteado desde un voluntarismo individualista para el cual todo está dado una
vez que se tiene conexión a internet.
En general me perece un texto
deficiente aunque se pueden entresacar algunas aportaciones perdidas entre lo
demás. Por otra parte, el autor comete varios errores sintácticos y de
estructura, y un error garrafal en el uso de una forma verbal ("sean" en lugar de "se han"; la primera del verbo ser y la segunda del verbo haber).
miércoles, 13 de mayo de 2015
Tijuana por Sandor Márai
Tijuana Por Sándor Márai
El escritor húngaro Sándor Márai se suicidó en el exilio en 1989, pocos meses antes de que las fronteras de Hungría se abrieran. Tras la caída de la Cortina de Hierro, su obra, vetada en su país desde 1948, se equiparó con la de los grandes escritores en lengua alemana. Uno de sus pocos pasatiempos, desde el precario refugio de San Diego, California, donde pasó los últimos viente años, fue viajar a México. Herido de muerte por la historia del Siglo XX, Márai hace en este documento, que por primera vez se publica en español, un recuento de la afinidad que sintió por esa cicatriz abierta que es la frontera.
A un lado de la caseta de la frontera está la aduana de portal abovedado y un letrero tímido, inofensivo, que informa con letras mayúsculas: MÉXICO. Esta puerta es el acceso a una tierra extranjera. Los vigilantes de la frontera de México son invisibles, la inscripción y la puerta, provincianas: una pequeña puerta a un inmenso imperio.
En la calle que lleva a la cercana ciudad fronteriza de Tijuana caminan los mexicanos con sus enormes sombreros. Por todas partes se ven grupos de peatones. Esta imagen es desconocida en el espacio norteamericano, el peatón es allí, incluso, sospechoso. Por las calles de Tijuana, en medio del desorden ruidoso, polvoriento, trepidante, en el calor pegajoso que huele a alcantarilla, siento que estar aquí es un instante especial de mi vida: se ha cumplido algo en lo que había pensado con frecuencia. No puedo decir por qué, pero siempre había querido venir alguna vez a México —como si aquí hubiera algo muy personal para mí. En la vida de cada hombre hay anhelos, invocaciones y estímulos así de nebulosos.
Todo lo diferente que me rodea es para asirse y olerse. Unos pasos más adelante, más allá de la puerta de entrada, que trae hasta acá desde Estados Unidos, está el exterior de las casas, están los alimentos y la expresión facial del los hombres “americanos”. Aquí, unos pasos más adelante, todo es por completo diferente —no es “americano”, sino mexicano. En esta ciudad fronteriza se mezcla permanentemente la vida de los dos países: a diario decenas de miles de mexicanos atraviesan la frontera para trabajar en las granjas y fábricas de Estados Unidos. En un lugar que desde 1821, cuando México se sacudió el dominio español, hasta 1843, cuando la bandera de las estrellas fue izada por primera vez en Monterrey, California, en ese entonces un espacio casi vacío, fue territorio mexicano.
En los últimos cien años esta tierra tan antigua, México, siguió con su vida, que tuvo su origen en los aztecas y los toltecas, y tomó su color de los españoles. Pues bien, al mismo tiempo el país vecino construyó una civilización. ¿Qué pasó en esos cien años donde yo estoy ahora, en México? Hay electricidad, trolebuses, muchos automóviles —y, sin embargo, todo es tan “diferente” como si en el país vecino, más allá del umbral, no hubieran pasado cien años, como si unos cuantos pasos más allá no se hubiera construido una de las sociedades industriales más desarrolladas de la humanidad. Este ser diferente es misterioso e inquietante. Aquí algo se detuvo. Una especie de poder lleno de secretos —¿quizá una forma de defensa?— mantuvo a los mexicanos a distancia de ese desarrollo que ocurría tan cerca de ellos.
La imagen de la calle es por completo del sur de Italia, recuerda a Pozzuoli, la sucia y pequeña ciudad cercana a Nápoles, y también a la ciudad de Calabria, pero es todavía más descuidada, ruidosa y abigarrada. En cada casa de la calle principal hay oficinas de abogados, localidades desde las que hombres de mirada sombría y cabello grasiento le venden la ley al pobre pueblo que no sabe escribir. La mitad de los habitantes son analfabetos, de acuerdo con datos oficiales. Treinta millones de hombres hablan español, algunos cientos de miles chapurrean aún dialectos indígenas.
Los hombres llevan sombreros de ala ancha. Su cabello lanudo, negro, grasiento, brota por debajo del sombrero. Numerosos son los rostros de ojos rasgados, rostros indígenas, mongólicos, huesudos. Las mujeres son mustias, macilentas, consumidas por los partos como las mujeres del sur de Italia. Las más viejas llevan un paño negro con el que se cubren la cabeza. Los niños corren descalzos por todos lados y hormiguean alrededor como niguas. El sol calienta fuerte, en el aire están suspendidos el polvo y la pestilencia. La mayoría de las casas son recién construidas, con mezquindad, en el estilo moderno, barato, que se deteriora rápido. Las tiendas están llenas de confecciones estadounidenses, pero también hay interesantes escaparates con vasijas mexicanas de cerámica cocida, con objetos de plata y colorida paja trenzada. Los hombres miran soñadores y agotados hacia delante —las mujeres, por el contrario, atentas, agresivas, preparadas para cualquier posibilidad.
Tengo algo en común con México. Ahora lo experimento con fuerza. En las décadas pasadas he pensado algunas veces en México con cierta nostalgia. Quetzalcóatl, el Señor de la Creación, y Huitzilopochtli, el Dios de la Guerra, son viejos conocidos míos, conservo copia de sus figuras. Aquí hay algo marchito, algo mortecino, sofocante, pegajoso, que humedece. Aquí la vida es barata, no sólo “barata” en términos de pesetas... De cuando en cuando veinte mil hombres estaban de pie, obedientes ante la serpiente del altar de los sacrificios y esperaban allí a que el sacerdote azteca, con su cuchillo de piedra, le sacara el corazón del pecho a miles y miles de víctimas —siempre sangre, lujuriosa sangre. ¿Qué me importa a mí todo eso? No lo sé, pero ahora siento con fuerza esta cercanía.
El olor en un autobús, olor a carne, olor a grasa, olor a aceite, el olor animal y cálido de los cuerpos humanos. Todos los lugares están ocupados. De la puerta de entrada cuelgan los hombres en racimos. Me siento junto a una muchacha joven de rostro hermoso, que lee un libro escolar en inglés y viene de San Isidro, donde acude a la escuela estadounidense. Está bien vestida y es pulcra y tiene ojos negros. Le dirijo la palabra pero me mira asustada y no me contesta. Con seguridad es una grave insolencia dirigirle la palabra a una muchacha. Este intento despierta la atención de muchos, en especial de las mujeres. Nos sentamos incómodos en la peste de un establo, nadie habla, ni siquiera los niños. Conozco este sosiego del sur, esta indolencia ferozmente narcotizada, y a la vez cargada de una tensión eléctrica. De la misma manera acecha la serpiente entre las rocas, preparada a cada instante para dar el salto mortal. Mi vecino del lado derecho, un hombre joven, me habla de repente con una risa maliciosa y saca del bolsillo de su pantalón unas monedas doradas, las presiona contra mi mano y me invita a comprarlas. Cuando se las regreso sin decir palabra ríe con ironía y mira fijo hacia delante. Allá, del otro lado de la barrera, sería impensable una escena así.
El paisaje es desierto y ondulante. Una calle lleva, por treinta kilómetros, al balneario de Rosarito. El vehículo avanza a tumbos entre las rocas. Piedras muertas de todo tipo, montañas calizas de color óxido. En Rosarito el hotel es un grupo de edificios encalados que recuerda a una mezquita árabe, en medio de un jardín tropical con palmas y cactos. A la puerta hay vigilantes armados, soldados. Gritan con vehemencia, corriendo por allí. En una tienda cercana, parecida a una droguería, explican los propietarios —un obeso matrimonio mexicano— sin aliento, que la noche anterior llegaron a Rosarito militares armados a bordo de vehículos especiales, procedentes de la ciudad de México. Asaltaron el hotel y lo rodearon, y pusieron contra el muro a todos los que se hallaban en la sala de juego. A los jugadores y los huéspedes, a los turistas estadounidenses de Hollywood, les quitaron su dinero y sus cheques —unos 40 mil dólares— y emprendieron una ocupación militar en toda forma: ahora los huéspedes duermen sobre las mesas de bacará y esperan al agente del ministerio público de Tijuana, que deberá decidir sobre el destino de los detenidos, porque “el juego de azar está prohibido”. Esa noticia me divierte. Si hubiera llegado la noche anterior, como lo tenía planeado, también me hubieran encerrado a mí, como a las demás personas, incluyendo a los espectadores.
Encuentro alojamiento en un motel cercano. Las construcciones en la costa están por completo despobladas. Un empleado y un perro me acompañan al cuarto, que tiene suelo de piedra y se calienta con gas natural. Desde el océano silba un viento frío. Por la tarde, de regreso a Tijuana. Los periódicos locales en español e inglés hacen del enfrentamiento en Rosarito todo un acontecimiento. Uno de los diarios locales muestra en la primera plana a los turistas víctimas de los hechos roncando sobre las mesas de bacará. Hojeo un folleto —lo conseguí en Los Ángeles. En él los propietarios del hotel en Rosarito, ahora detenidos, les prometen a los turistas en la primera plana: Rosarito Beach! Where modern conveniences and Mexican old world charm are happily blended. Los americanos que esperan allí seguro tendrán otra opinión sobre el “old world charm”. Aquí, donde en la cercana ciudad de Las Vegas hay toda una industria oficial del juego, les será difícil entender el valor de húsares que tienen los mexicanos.
La ciudad no es grande, pero tan hacinada como los barrios pobres de una gran ciudad. En las horas vespertinas puede verse todo en la calle. La escena se desarrolla como la copia de una imagen urbana de Nápoles o Sicilia: arneses para mulas, figuras de la Virgen María y lámparas votivas en los aparadores. En un mercado se apilan montones de frutas tropicales y verduras que huelen a la selva, flores de olor penetrante, narcótico, en una enloquecida mezcla. Una iglesia barroca, amplia y rematada con una cúpula, cuyos muros están pintados de blanco níveo y azul claro, está bien barrida, lavada y limpia. En los nichos se mezclan santos lastimeros. Los creyentes no andan caminando por aquí, más bien se deslizan de rodillas sobre el suelo de piedra.
Miradas peculiares: una anciana indígena con un paño negro me mira con ojos ardientes, salvaje y lúgubre, mientras permanezco de pie ante un altar cercano. También en otras partes, afuera, en la calle y en las tiendas, la mirada de las mujeres es brutal e incitante. No sólo las jóvenes tienen una mirada que desgarra, animal e inconfundible, también las mujeres viejas miran así bajo el paño que les cubre la cabeza y se enredan en el pecho, con la permanente disposición de la criatura para aprovechar cada posibilidad y asir cada pedazo... Pero el afán de lucro —la codicia— no habla por esta tosca mirada. Cuando las viejas culturas miran de manera tan incitante y observadora a los hombres no aguardan con impaciencia la ganancia, sino el azar.
En las callejuelas vespertinas el ruido es del sur, latino, un ruido de vocerío. Al mismo tiempo hay en el gentío, en la mirada de los hombres, en el colorido desorden, algo de desesperanza y de olvido de uno mismo. La gente es cortés y ríe siempre, pero las miradas súbitamente se vuelven oscuras y enfadadas, sólo sonríen los labios, los ojos bestiales, serios, brillantes, jamás. Sin embargo, detrás de la aglomeración ruidosa y por completo sucia hay cierto señorío latino, pagano y ese curioso “olor a muerte” del que habla Lawrence, domina todo.
Por aquí no se ven sacerdotes, ni siquiera una vez en la calle. Este pueblo profundamente católico y supersticioso es muy anticlerical, como el sur de Italia. En la casa de huéspedes cinco cantantes vestidos de toreros tocan con un instrumento de cuerdas una pieza musical, la “Danza de los viejitos”, de cansina melodía. Los elementos básicos de una merienda mexicana son difíciles de distinguir porque los ardientes chiles que se muerden dominan todo: pescado, carne, legumbres, todo arde en la boca como si se deglutiera fuego. El vino es una especie de Riesling, maduro y ligero, de sabor puro.
Hacia la medianoche en las calles de Tijuana las prostitutas llevan a cabo una verdadera inspección de la zona. Con dificultades puede uno quitarse de encima a los taxistas, sin embargo es conveniente esperar el autobús de medianoche porque no es seguro viajar en taxi por las calles de profunda oscuridad, que no alumbra una sola vez el claro de luna. A medianoche llega el vehículo mugriento, sin luces. Figuras que recuerdan a una gavilla de bribones duermen sobre los asientos. El recorrido de media hora avanza por un paisaje de montañas oscuro y vacío. Rosarito está oscuro como una boca de lobo pero encuentro alojamiento en dirección del ladrido de los perros. La habitación es gélida. En una esquina, sobre el piso de tierra, hay un horno de gas natural. Hace todo menos calentar.
Por la mañana me despierta el brillo del sol que resplandece con toda franqueza. Olvidé bajar la cortina de la ventana y el sol se lanza desde el océano como un latigazo. Directo frente a la puerta ruge la marea matutina del Océano Pacífico y el golpe de las olas esparce espuma en el umbral. La luz es tan salvaje que debo regresar a la sombra —me quema los ojos.
La costa está desierta. Sólo hay algunas palmeras y casas de barro. El sol quema ya desde temprano pero el viento y el aliento del océano hormiguean fríos como una ducha helada sobre un traje de baño muy caliente. En el comedor vacío del hotel me anima amistoso a comer y beber un cocinero chino, viejo y gruñón, que se contonea como pato.
Me dice que sus guisos son limpios y no debe temerse la “Venganza de Moctezuma”, la infección intestinal que ataca a los extranjeros. Es un hombre experimentado que sabe por qué temen los turistas los productos del campo mexicano, abonados con excrementos humanos. El cocinero sonríe con burla, cuando lo tranquilizo diciéndole que no dudo de la limpieza de su cocina, pero que las moscas de América central aún no conocen las medidas higiénicas y ensucian todo con sus contagiosos excrementos, no sólo los granos y las frutas, sino hasta los cubos de hielo. Alza los hombros, como si quisiera evitar con tenacidad cualquier disputa con los prejuicios humanos. Y me ofrece un maravilloso desayuno; el peligro de sus componentes no puede ser exageradamente grande.
Puede que tenga razón si se ríe de manera tan burlona. Pero también puede ser que la razón la tengan las autoridades estadounidenses, cuando en un pizarrón, advierten a los turistas, en la frontera con México, que está prohibido llevar frutas y verduras mexicanas a territorio estadounidense. El organismo humano desarrolla anticuerpos contra cada peligro de contagio, se dice desde hace tiempo. Pero no sólo las frutas y verduras crudas ofrecen una fuente de contagio, también las ideas, las nociones fijas, las visiones del mundo enfermas y maniacas. Es mucho más difícil desarrollar los antídotos apropiados para ello.
El perro del hotel espera ante la puerta y se me pega. Todo el largo mediodía, y también después del mediodía me acompaña por la costa. Es un animal pequeño y sarnoso, alegre y despabilado, con ojos inteligentes. Este perro es el único ser vivo que conozco en México, y un buen camarada. Nadie nos acompaña en la costa del océano. Frente al hotel todavía están en disposición cómica y feroz los soldados mexicanos armados, y vigilan a los presos de la mesa de bacará.
Con el perro paseo lejos a lo largo de la costa, en dirección a Ensenada, una localidad cercana más grande. Hacia mediodía, la marea decrece. Permanezco horas sentado a la sombra de un cerro de arena en la playa vacía; el golpe de las olas arroja siempre a la orilla nuevas conchas y caparazones, arañas de mar muertas, extraños crustáceos. Divertido, el perro juega con las conchas de los caracoles y los caparazones de los cangrejos. Luego se sienta junto a mí y observa largamente y sin moverse el Océano Pacífico, ese constante movimiento, ese poder feroz, terco, incesante, que nadie desafía, y siempre es blando, pero más sólido que cualquier material firme.
Con la bajamar vienen pequeñas aves acuáticas, picotean y buscan en la empapada arena de la costa. En el trasfondo pueden verse montañas desnudas de Karst. El sol brilla, pero el calor no quema, más bien calienta como una ligera cobija de franela. No está mal aquí, en México. Después de los años en Estados Unidos, experimento hace veinticuatro horas que no vivo entre proletarios, y que ese proletariado estadounidense con su nivel de vida tan alto es un signo curiosamente inquietante. Los proletarios y los pioneros de espíritu aventurero se apropiaron de América, aquí el proletario fue desde hace siglos un pobre ser que lucha, que bajo difíciles condiciones de vida alumbró un continente. La civilización engendrada a la velocidad del relámpago por la Revolución Industrial transformó todo de repente: en lugar del pionero proletario, en Estados Unidos hizo su entrada el proletario nuevo rico que se sienta en un gran automóvil, cuya casa llenaron grandes organizaciones con frigoríficos y televisores comprados a crédito, que jactancioso y atormentado a la vez, empezó a llevar su vida a crédito. Aquí, en México, hay mendigos, pero no hay proletarios. La posesión como hecho marca la diferencia social entre el dueño y el peón —y esta diferencia es grande— pero la línea divisoria entre los humanos ha cicatrizado. Lo siento por primera vez en años.
Hacia la noche voy por la zona urbanizada, siempre en compañía del perro. El animal se ha aferrado a mí a toda conciencia como un Cicerón que siempre quiere mostrar algo, y me acompaña por todos lados. Fuera de una escuela, cuyas ventanas están rotas, brincan muchachas y muchachos como pulgas del desierto que saltan en la arena. ¿Qué clases se ofrecen en esta escuela? La mayoría de la población de los países más grandes es ignorante. Es el segundo rostro de la gran pregunta de la actualidad. En el mundo masificado, ¿es posible educar con métodos diferentes a los que emplea la democracia? ¿Es posible seguir siendo un hombre íntegro en lo profundo de la mendicidad arrogante e individual?
Un hombre viejo de sombrero me conduce al final del pueblo, donde la oficina de correos trabaja dentro de una chabola. Es una especie de correo privado, como con frecuencia se les encuentra en el sur de Italia. La mujer gorda y el hombre de piel obscura, que despachan detrás de su mesa, son muy corteses, pero no tienen la menor idea de qué estampilla se necesita para enviar una tarjeta postal por correo aéreo a Europa. Al fin pegamos algunos timbres con buen pegamento. En esos instantes se siente de veras qué lejos queda Europa de aquí.
Regreso a Tijuana. A la luz del día, en la desnudez de la rutina cotidiana esta ciudad fronteriza electrificada, cocacolizada, ungida con las convencionales fachadas estadounidenses, muestra sin velo lo que las luces de la noche habían pincelado de manera incitante: a saber, qué poco ha cambiado en su esencia la vida en el transcurso del siglo pasado. El peón, cualquier hombre de aquí, vive siempre en lo profundo del debilitamiento provocado por la impotencia y la desesperanza que evocan la espesa sangre de las viejas razas, y la mezcla del clima y la enfermedad española llamada “mañana”, a la que es tan difícil escapar. El sentido de la palabra española “mañana” es una enfermedad indígena y española, una especie de helada morfina... Este gesto de incapacidad e impotencia, con el que suelen responder en instantes decisivos, en vez de hacerlo con un hecho, es peligroso.
En el siglo pasado ocurrieron muchas cosas aquí en México, una especie de Revolución liberó la tierra de una constitución feudal, pero no de la vieja sensación de la vida. Para esta gente el ahora no es una realidad, siguen confiando la política, la educación y las empresas creativas al día de mañana. El peón, el siervo endeudado de nacimiento, accedió a la tierra gracias a la Reforma Agraria, pero no la puede administrar de manera moderna. Según confesiones del propio gobierno, la Reforma Agraria en México fue un fracaso económico. Aunque está ocurriendo aquí, sin el poder técnico y de organización de Occidente, es muy difícil transformar a corto plazo la vida en localidades tan atrasadas.
Entre las luces brillantes el regreso a Estados Unidos transcurre por campos ordenados con cuidado. Quiero ir otra vez a México, a lo alto de las montañas, al verdadero México. Sin embargo, ahora me alegro de estar de nuevo aquí, en un autobús limpio, con aire acondicionado, entre tranquilos compañeros de viaje, entre casas bonitas, con restaurantes en las calles donde hay agua para beber y fruta qué comer. Me alegra experimentar lo protectora y cuidadosa que puede ser una civilización. Es una buena sensación regresar del México hermoso, salvaje, arrogante y lleno de peligros, a Estados Unidos, donde un conjunto de hombres fuertes, a lo largo del siglo pasado, entre circunstancias difíciles, alcanzaron el nivel de vida que los nativos de México no lograron realizar en el último siglo.
Traducción de Rafael Muñoz Saldaña.
Tomado de Der Wind kommt vom Westen. Amerikanische Reisebilder, Piper Verlag, München, 2002.
El dolor no se cansa
El
dolor no se cansa
El
purgatorio es donde pena el alma de los muertos. Pero hay otro: vivir después
de sufrir una violencia grave que te haya “acercado” a la muerte. En realidad
no es que hayas estado cerca de la muerte, estuviste muerto. Mueres en el instante
en que comienza el hecho, aunque salves la vida.
En
mi caso, sufrí un secuestro. En el baldío arrasado en sangre que es este país,
el mío fue un secuestro light, soft, cool,
por decir. Pero sé que estuve muerto, y vivo con eso. Soy afortunado. Sólo
fueron unas horas, y no es que se hayan hecho eternas, como se suele decir en
circunstancias duras, sino que el tiempo es otro o se traslada hacia afuera de
uno y lo que sucede es una abstracción absoluta, un vacío animado en el que ya
nada existe.
Viajar
en aquel auto con aquellos hombres que ya han tomado tu vida fue entrar a un
estado límbico, una iluminación brutal, un pensamiento circular que se piensa a
sí mismo a cada instante, inagotable. Por eso supe que estaba muerto al momento
en que me abordaron y golpearon. No vi más, no supe. Un alguien, ya ajeno,
virtual, respondía, negaba, afirmaba, firmaba cheques; otro asesoraba a sus
captores para actuar en caso de ser detenidos por la policía; otro o quizá el
mismo, se reía de la broma macabra que un muerto les hacía riendo…
Hablé
de fortuna, pero no fue tal diosa la que me permite contar esto. En el instante
fue el espanto, pero de inmediato lo supe, había muerto y por eso estoy aquí. Y
ahora sé que no tuve miedo, sólo era un vacío actuante.
El
miedo vino después, la parálisis del terror, la mudez del espasmo; el abrazo
ardiente, doloroso, atroz, de estar vivo…
Y
el purgatorio que destila esa muerte que va conmigo y que a veces se me hace
presente en la insignificancia de una sombra, en el chasquido de luz de un
cardenal entre los árboles, en un acorde musical, una frase, un rostro…y brota
como llanto, pequeño, a veces suave, otras un poco más franco. Y es que tuve
una muerte suave, digamos. Pero el dolor no se cansa.
Por
eso no puedo imaginar el horror de quienes sufren secuestro y tortura, sólo
intuirlo sutilmente. Morir una y otra vez para renacer de nuevo al espanto, al
dolor absoluto, cada vez. Y sobrevivir con esas muertes que permanecerán ahí,
siempre, apareciendo en cualquier momento, a cualquier hora, como un suspiro
del alma rota, fragmentada, dolida.
Y
el dolor no se cansa. Es una fuerza poderosa que lo mismo te sume en la
tristeza y la desesperanza que te impulsa a recuperar una vida que fue tuya,
pero requieres valor, coraje, templanza. Y eso nos enseñan los jóvenes de
Ayotzinapa y sus familias, lo mismo que las miles y miles de madres, padres,
hermanas, hermanos, novias, amigos, compañeros de aula o de trabajo que siguen
buscando una vida que ha sido suya, que es suya. Pero sobre todo están las
madres y los padres. Cuando tienes hijos, sabes que no son parte de tu vida;
son tu vida.
Constatar
la muerte de un hijo tiene la brutalidad de la certeza, de que tú también has
muerto; es un final. Pero la desaparición es el mayor horror, es vivir una
muerte sin pausa, un dolor infinito, incesante, que no se cansa ni se cansará
nunca mientras dure la ausencia ni aún después.
Por
eso, señor Presidente de la República, no se trata de superar el dolor, es
imposible: el dolor no se cansa. Mejor deje de mentir y atrévase a escuchar,
cuando menos.
Por eso, señores altos mandos militares, no insulten el sufrimiento de quienes
a pesar del dolor no se cansan de luchar por recuperar a sus hijos y sus vidas
rotas.
Por
eso, señor presidente de Concanaco, no se trata de pasar la hoja. No hablamos
de su agenda del día y, mucho menos, de las ganancias de mañana. Hable cuando
tenga el valor de denunciar a los empresarios coludidos con la delincuencia
organizada, tan presente en todos los sectores.
Y
tampoco, señor Aurelio Nuño, pedimos sangre ni espectáculo. Es claro que no
sólo no entendieron la situación hace dos años: siguen sin entender
absolutamente nada. La sangre y el espectáculo los ha dado el gobierno. No sea
cínico, por favor. Lo felicito por su reciente matrimonio. Probablemente tenga
hijos; le deseo lo mejor. Sólo espero que cuando los tenga, ante el espejo de
sus ojos infantes, pueda darse cuenta de lo infame de sus palabras.
Por supuesto que los queremos vivos. Nadie quiere a sus hijos muertos y menos la muerte en vida de sus desaparecidos. Los queremos vivos junto con las miles y miles de personas que esperan ser encontradas y con las otras miles y miles más que esperan encontrarlas y encontrarse consigo de nuevo; es decir, recuperar una vida, aunque sea un purgatorio.
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